Axel Kicillof y el desafío de romper un patrón histórico: ¿llega el fin de la ‘maldición’ bonaerense?

A lo largo de más de un siglo y medio, la política argentina ha sostenido una curiosa constante: los gobernadores de la provincia de Buenos Aires, aun con ambición, estructura y poder territorial, rara vez logran dar el salto hacia la Presidencia de la Nación. Esta tendencia, convertida casi en leyenda política y conocida popularmente como “la maldición bonaerense”, vuelve a instalarse en la agenda a partir del ascenso y la proyección del actual gobernador, Axel Kicillof, quien podría enfrentar en los próximos años un escenario muy distinto al de sus predecesores.

Para entender el trasfondo del fenómeno, la crónica suele remontarse al siglo XIX. Allí aparece la figura excepcional de Bartolomé Mitre, quien gobernó Buenos Aires entre 1860 y 1862 y luego se convirtió en presidente. Su caso, sin embargo, responde a un momento institucional único: el país acababa de reunificarse tras largos años de separación entre Buenos Aires y la Confederación. Mitre, entonces, no encaja en la secuencia histórica que se consolidaría después.

Desde entonces, y atravesando distintas etapas políticas, muchos gobernadores bonaerenses intentaron saltar del principal distrito electoral del país al sillón de Rivadavia, pero chocaron una y otra vez con obstáculos de peso. Dardo Rocha, por ejemplo, vio frustrada su candidatura cuando Julio Argentino Roca impuso la de Miguel Juárez Celman en 1886. También lo intentaron, sin éxito, dirigentes como Bernardo de Irigoyen, Marcelino Ugarte, José Crotto y Manuel Fresco, por mencionar algunos de los nombres que fueron quedando en el camino.

La tendencia se mantuvo durante el siglo XX y la etapa democrática. Figuras de relevancia nacional como Domingo Mercante, Oscar Alende, Antonio Cafiero, Eduardo Duhalde y Daniel Scioli tampoco lograron alcanzar la presidencia mediante el voto popular, aun cuando varios de ellos contaban con fuerte peso partidario y experiencia ejecutiva. Cada uno enfrentó, en su contexto, resistencias internas, crisis, desgastes o un calendario electoral que no jugó a favor.

En ese recorrido aparece hoy el caso de Axel Kicillof, quien representa un escenario atípico dentro del peronismo bonaerense. A diferencia de Duhalde o Scioli —ambos condicionados por la continuidad de gobiernos nacionales de su mismo signo político—, Kicillof gestiona la provincia en un contexto de alternancia. Fue electo en 2019 tras cuatro años de administración macrista, y si se proyectara hacia 2027, lo haría luego de cuatro años de gobierno libertario. Esa distancia frente al poder nacional es clave, porque evita el desgaste acumulado que históricamente cargaron los gobernadores peronistas que intentaron dar el salto.

La reelección de Kicillof en 2023 lo consolidó como una figura central de la oposición y como uno de los dirigentes con mayor visibilidad ejecutiva. La provincia de Buenos Aires —que concentra cerca del 40% del electorado nacional— le otorga una plataforma de enorme influencia, y su paso previo por el Ministerio de Economía le suma proyección nacional. Todo esto fortalece la posibilidad, aún hipotética, de una futura candidatura presidencial.

Sin embargo, los desafíos no son menores. Cualquier intento de romper esta larga tradición requiere articular consensos dentro del peronismo, mostrar resultados contundentes de gestión, construir alianzas más allá del núcleo kirchnerista y ofrecer una propuesta capaz de diferenciarse tanto del gobierno nacional actual como de los gobiernos peronistas previos. También debe sortear un obstáculo histórico: la desconfianza que suele existir en el interior del país hacia figuras fuertemente asociadas con Buenos Aires.

En definitiva, la llamada “maldición” no responde a factores sobrenaturales ni a mitos políticos, sino a una combinación de contextos adversos, luchas internas, estructuras de poder y coyunturas económicas que, durante décadas, limitaron las aspiraciones presidenciales de los gobernadores bonaerenses. El caso de Kicillof introduce variables nuevas —especialmente la alternancia— que podrían modificar ese patrón. El tiempo dirá si esas condiciones alcanzan para quebrar un destino político que parece repetirse, implacable, desde hace más de 160 años.

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