El regreso del cabo Nahuel Gallo al país, tras permanecer detenido durante un año y medio en Venezuela, estuvo lejos de cerrar el capítulo con serenidad. La escena que se montó en el edificio Centinela, sede de la Gendarmería Nacional, abrió una nueva controversia: más que una conferencia de prensa, fue interpretada por muchos como una puesta en escena cuidadosamente guionada.
Rodeado por autoridades nacionales, entre ellas el canciller Pablo Quirno y la ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva, Gallo pronunció unas breves palabras en las que agradeció al Estado argentino por las gestiones realizadas en su favor y describió las duras condiciones de detención que vivió en la prisión de Rodeo I. No hubo preguntas de la prensa ni espacio para profundizar en detalles sobre su viaje a Venezuela o las circunstancias de su arresto.
El suboficial afirmó que había pedido personalmente realizar la declaración, en un intento por despejar cualquier sospecha de imposición. Sin embargo, el tono y la brevedad del mensaje, sumados a la ausencia de menciones a otros actores que intervinieron en su liberación, despertaron dudas. En particular, llamó la atención que no se hiciera referencia a la Asociación del Fútbol Argentino, señalada como pieza clave en el tramo final de las negociaciones.
Diversas versiones indican que las gestiones determinantes no provinieron exclusivamente de la Cancillería, sino de contactos paralelos encabezados por el exembajador Oscar Laborde, la diputada Marcela Pagano y dirigentes vinculados al fútbol. La figura de Claudio Tapia, presidente de la AFA, habría sido central a partir de su vínculo con Jorge Giménez Ochoa, titular de la Federación Venezolana de Fútbol. Esos contactos, según trascendió, facilitaron el diálogo con las máximas autoridades venezolanas y aceleraron el regreso del gendarme.
En paralelo, se conoció que Gallo permanece bajo seguimiento de la fuerza, atravesando estudios médicos y entrevistas internas, en un contexto lógico si se considera el prolongado tiempo que pasó detenido. También persisten interrogantes sobre su ingreso a Venezuela desde Colombia por un paso fronterizo poco habitual y sobre las autorizaciones previas para ese viaje, en momentos en que las relaciones diplomáticas entre ambos países estaban virtualmente interrumpidas.
El episodio dejó una sensación ambigua. Por un lado, la alegría del reencuentro y el alivio por su regreso. Por el otro, la percepción de que el acto oficial intentó capitalizar políticamente un proceso complejo, donde intervinieron actores diversos y negociaciones discretas. En definitiva, más allá de las lecturas cruzadas, el caso expuso las tensiones diplomáticas y las disputas de relato que rodearon la liberación de un suboficial cuya historia aún plantea preguntas abiertas.