Crisis en los hogares argentinos: los ingresos se agotan antes de fin de mes y crece la deuda para sobrevivir

La situación económica de millones de familias argentinas continúa mostrando señales de preocupación. Cada vez son más los hogares que llegan a la mitad del mes con dificultades para cubrir sus gastos básicos y que deben recurrir al endeudamiento para comprar alimentos, pagar los servicios públicos o afrontar necesidades vinculadas con la salud. Un relevamiento reciente revela que dos de cada tres argentinos se quedan sin dinero antes del día 20, mientras que la capacidad de ahorro se reduce a una porción cada vez más pequeña de la población.

El fenómeno afecta especialmente a los sectores de menores ingresos y a los jóvenes, aunque también comienza a sentirse entre las familias de clase media y algunos hogares de mayores recursos. Los datos corresponden al Monitor de Opinión Pública elaborado por la consultora Zentrix durante septiembre, que describe un escenario de fuerte presión sobre los presupuestos familiares.

Según el estudio, apenas el 34 por ciento de los encuestados asegura disponer de dinero suficiente para llegar al final del mes sin dificultades, mientras que solamente el 9,8 por ciento afirma tener capacidad de ahorro. En otras palabras, para una amplia mayoría, el salario dejó de ser una herramienta que permite planificar gastos futuros y pasó a convertirse en un recurso que se agota cada vez más rápido.

El panorama contrasta con las declaraciones de funcionarios nacionales sobre la evolución de los salarios y las nuevas modalidades de empleo. El secretario de Trabajo, Julio Cordero, sostuvo recientemente que algunas personas prefieren trabajar como monotributistas por la libertad que ofrece esa modalidad y afirmó que los salarios habían registrado importantes aumentos medidos en dólares.

Sin embargo, la comparación del poder adquisitivo frente a productos y servicios cotidianos muestra otra realidad. De acuerdo con los datos planteados en el relevamiento, con un salario promedio en 2023 se podían comprar entre 120 y 150 kilos de carne vacuna o cargar aproximadamente 33 tanques de nafta de 50 litros. En la actualidad, ese mismo ingreso permite adquirir entre 80 y 110 kilos de carne o cargar entre 16 y 23 tanques.

Esta pérdida de capacidad de compra se combina con el aumento de las tarifas, los costos cotidianos y las dificultades para acceder a empleos estables. Como consecuencia, el crédito comenzó a cumplir una función diferente: en lugar de financiar inversiones o compras importantes, se utiliza cada vez más para cubrir gastos indispensables.

Endeudarse para comer, pagar la luz y llegar al próximo salario

Uno de los aspectos más preocupantes del informe es la expansión del endeudamiento entre la población. Durante los últimos seis meses analizados, el 56,2 por ciento de los encuestados recurrió a algún tipo de financiamiento.

Pero lo que más llama la atención es el destino de ese dinero. Entre quienes contrajeron deudas, el 55,1 por ciento utilizó los fondos para cubrir necesidades básicas, principalmente alimentos y atención médica. Otro 21,3 por ciento los destinó al pago de tarifas de servicios públicos, mientras que apenas el 11,8 por ciento recurrió al crédito para comprar bienes durables.

Estos números reflejan un cambio significativo en la economía doméstica. Para una parte importante de la sociedad, endeudarse ya no representa una decisión vinculada con mejorar la calidad de vida o adquirir un producto de mayor valor, sino una herramienta para sostener el consumo más elemental.

La situación resulta especialmente delicada entre los sectores de menores ingresos. En la clase baja, el 59,6 por ciento de los encuestados agota sus recursos antes del día 15, mientras que el 83,3 por ciento se queda sin dinero antes del día 20. Apenas el 0,9 por ciento de las personas de este segmento afirma tener capacidad de ahorro.

A su vez, el 68,1 por ciento de los hogares de menores ingresos debió endeudarse durante el período analizado. Entre ellos, el 65,5 por ciento utilizó el dinero para afrontar gastos esenciales.

El problema es que esas obligaciones deben pagarse más adelante. Cuando el ingreso del mes siguiente vuelve a resultar insuficiente, las cuotas anteriores se suman a los gastos corrientes y obligan a buscar nuevas formas de financiamiento. De esta manera, muchas familias quedan atrapadas en un círculo del que resulta difícil salir.

La clase media también pierde margen de maniobra

Aunque los sectores más vulnerables son los más afectados, la clase media tampoco logra mantenerse al margen de esta situación. El relevamiento indica que el 51,4 por ciento de las familias de este segmento se queda sin dinero antes de finalizar el mes, mientras que el 47,1 por ciento debió recurrir al endeudamiento.

Dentro de ese grupo, el 45,6 por ciento utilizó el financiamiento para cubrir gastos básicos. Además, el 29 por ciento de los hogares endeudados de clase media destinó esos recursos al pago de servicios públicos, una proporción superior a la registrada entre los sectores de menores ingresos y los de mayor poder adquisitivo.

La diferencia evidencia el peso que tienen las tarifas en los presupuestos de las familias que cuentan con ingresos intermedios. Los costos de la electricidad, el gas y el agua compiten con los gastos de alimentación, transporte, educación y salud, obligando a muchas personas a recurrir al crédito para evitar atrasos en sus facturas.

En la clase alta, en cambio, el panorama presenta características diferentes. Según el informe, el 61,9 por ciento de las personas de mayores ingresos conserva capacidad de ahorro y solamente el 20 por ciento asegura quedarse sin dinero antes de terminar el mes.

En este sector, el endeudamiento alcanza al 36,5 por ciento de los encuestados, pero el 63,4 por ciento de quienes toman créditos destina esos fondos a la compra de bienes durables. Así, mientras los hogares más vulnerables se endeudan para cubrir necesidades inmediatas, una parte importante de los sectores de mayores ingresos utiliza el financiamiento para adquirir productos de mayor valor.

Los jóvenes, entre la falta de ahorro y la incertidumbre económica

Otro de los grupos que presenta señales de mayor fragilidad es el de los menores de 40 años. El estudio señala que el 72 por ciento de las personas de esa franja etaria se queda sin liquidez antes del día 20, mientras que solamente el 3 por ciento consigue ahorrar.

Además, el 60,9 por ciento debió contraer deudas durante los seis meses analizados. La falta de reservas económicas hace que cualquier gasto imprevisto, desde una reparación en el hogar hasta una consulta médica, pueda convertirse en un nuevo problema financiero.

Este escenario adquiere especial relevancia porque los jóvenes tuvieron un papel destacado en el respaldo electoral que llevó a Javier Milei a la Presidencia. Sin embargo, los resultados del relevamiento muestran que una parte considerable de ese grupo enfrenta dificultades para sostener sus gastos cotidianos y construir una estabilidad económica.

La percepción general sobre el rumbo del país también refleja ese malestar. Entre los menores de 40 años, el 69,1 por ciento evalúa negativamente la situación económica nacional.

En el conjunto de la población, las opiniones críticas alcanzan al 61,5 por ciento cuando se consulta sobre la economía del país, mientras que el 39,3 por ciento califica como mala o muy mala su situación personal. La diferencia sugiere que la percepción sobre la crisis nacional es incluso más negativa que la evaluación que muchas personas hacen de sus propias circunstancias.

Por nivel socioeconómico, la visión desfavorable de la economía argentina llega al 70,7 por ciento en la clase baja, al 56,5 por ciento en la clase media y al 42,9 por ciento en la clase alta.

La preocupación por las deudas y el reclamo de reglas más claras

El endeudamiento creciente también abre un debate sobre el funcionamiento del mercado de crédito y la necesidad de establecer mecanismos de protección para quienes atraviesan dificultades económicas.

Según el relevamiento, el 67 por ciento de los encuestados considera necesaria alguna forma de regulación estatal. Dentro de ese grupo, el 36,1 por ciento entiende que la morosidad constituye un problema social que requiere intervención pública, mientras que el 30,9 por ciento sostiene que el Estado debería participar incluso cuando se trata de contratos entre particulares.

En cuanto a las posibles medidas, la mayoría se inclina por establecer reglas más claras para el otorgamiento de préstamos. El 61,3 por ciento propone regular las condiciones de acceso al crédito, transparentar las tasas de interés y adecuar los vencimientos a los calendarios de cobro de los trabajadores.

Por otra parte, el 23,6 por ciento respalda alternativas de refinanciación mediante el Banco Central, mientras que apenas el 7,5 por ciento se manifiesta a favor de una condonación de deudas por vía legislativa.

La preocupación tiene un fundamento concreto: cuando el crédito se utiliza para cubrir gastos indispensables, la capacidad de devolver el dinero queda condicionada por ingresos que ya resultan insuficientes. En esas circunstancias, el riesgo de atrasos, intereses acumulados y nuevas obligaciones financieras aumenta considerablemente.

El informe también señala que, desde marzo, al menos el 81 por ciento de los encuestados considera que sus ingresos pierden frente a la inflación. En julio, esa percepción llegó al 87,4 por ciento.

Los datos dibujan una realidad en la que el ajuste de los presupuestos familiares se expresa mediante la reducción del consumo, la postergación de compras y la búsqueda permanente de financiamiento. Para miles de hogares, llegar a fin de mes dejó de ser una cuestión de organización y se transformó en una carrera contra el agotamiento del salario.

El desafío económico, por lo tanto, no se limita a la evolución de los indicadores generales. También pasa por la capacidad de los ingresos para cubrir las necesidades cotidianas y permitir que las familias recuperen cierto margen de previsibilidad. Mientras el dinero se termina antes de tiempo y las deudas se acumulan, la posibilidad de ahorrar, planificar y afrontar imprevistos continúa fuera del alcance de una parte importante de la sociedad argentina.

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