La apertura de sesiones ordinarias dejó mucho más que definiciones legislativas: expuso, una vez más, la tensión creciente entre el presidente Javier Milei y la vicepresidenta Victoria Villarruel. Lejos de apaciguarse, el conflicto interno parece haberse intensificado hasta convertirse en una disputa abierta, con acusaciones cruzadas, reproches públicos y señales políticas cada vez más explícitas.
Durante su discurso ante la Asamblea Legislativa, el mandatario hizo alusión a supuestos intentos desestabilizadores y realizó un gesto que muchos interpretaron como dirigido hacia su compañera de fórmula. La escena no pasó inadvertida y funcionó como disparador de una nueva ola de críticas contra la titular del Senado.
Uno de los que salió con dureza fue Luis Petri, quien pasó de competidor electoral a férreo defensor del oficialismo. En declaraciones televisivas y luego en redes sociales, cuestionó la actitud de Villarruel y deslizó acusaciones de golpismo. La vicepresidenta respondió con firmeza, rechazó cualquier insinuación y contraatacó al recordar presuntas irregularidades en la gestión de la obra social de las Fuerzas Armadas, además de ironizar sobre la exposición mediática del dirigente.
El intercambio fue subiendo de tono. Villarruel dejó en claro que no piensa renunciar y afirmó que cumplirá su mandato hasta diciembre de 2027. También defendió su rol al frente del Senado, destacando medidas de ordenamiento administrativo y reducción de gastos.
En medio de esta interna, la ministra de Seguridad y titular de la bancada oficialista en la Cámara alta, Patricia Bullrich, se alineó con la postura presidencial. Aseguró que sus ideas confluyen con las del jefe de Estado y marcó diferencias con la vicepresidenta, a quien ubicó en una posición política distante del rumbo económico del Gobierno.
La tensión se profundizó con la incorporación de Gerardo Milman como asesor en el Senado, una decisión que generó resistencias tanto en el entorno de Villarruel como en el círculo más cercano a la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei. La figura de Milman, atravesada por polémicas judiciales y políticas, volvió a agitar el clima interno.
Las diferencias también quedaron en evidencia durante el tratamiento de la reforma laboral y del régimen penal juvenil. Villarruel habilitó instancias de diálogo con representantes de la Iglesia Católica antes del debate, gesto que fue interpretado por algunos sectores como un mensaje político propio. A eso se sumó una discusión reglamentaria en el recinto, donde la vicepresidenta sostuvo una interpretación estricta del artículo 81 de la Constitución Nacional, quedando aislada frente a otras posiciones del oficialismo.
El momento más simbólico se vivió en la propia Asamblea Legislativa. El saludo protocolar entre Milei y Villarruel fue frío y distante. La imagen reflejó una relación quebrada. Más tarde, el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, cuestionó públicamente a la vicepresidenta por utilizar su celular durante el discurso presidencial. Ella respondió con ironía en redes sociales, redoblando el enfrentamiento.
Así, la disputa ya no se limita a diferencias tácticas o matices ideológicos. Se trata de una confrontación política abierta dentro del propio oficialismo, con consecuencias que podrían impactar en la gobernabilidad y en el tratamiento de las próximas leyes clave. Mientras el Gobierno intenta mostrar cohesión hacia afuera, la interna se libra sin tregua y con cada vez menos margen para la reconciliación.