
Estados Unidos decidió reactivar una antigua base naval en el Caribe, una medida que ha despertado nuevas tensiones diplomáticas con el gobierno de Nicolás Maduro. Se trata de la base Roosevelt Roads, en Puerto Rico, cerrada hace más de dos décadas y que ahora vuelve a operar con fines logísticos y estratégicos. Según registros oficiales y análisis de imágenes satelitales, las tareas de reacondicionamiento comenzaron el 17 de septiembre, marcando el retorno de una de las instalaciones más grandes y relevantes de la era de la Guerra Fría.
Ubicada a menos de 800 kilómetros de Venezuela, su posición es clave para el control marítimo y aéreo en el Caribe. Desde el Pentágono aseguraron que la base servirá principalmente para operaciones humanitarias y de apoyo logístico, aunque no descartaron otros posibles usos. Al mismo tiempo, se informó que Estados Unidos construye nuevas instalaciones en aeropuertos civiles de la isla de Santa Cruz, en las Islas Vírgenes, con el objetivo de fortalecer la movilidad militar ante el incremento del narcotráfico y la inestabilidad política regional.
El secretario de Defensa, Pete Hegseth, afirmó que se mantienen canales de diálogo con China para evitar malentendidos militares, pero fuentes del propio Pentágono reconocieron que la expansión responde también a la necesidad de “disuadir amenazas en la región”, una alusión indirecta a Caracas.
Desde Venezuela, el presidente Nicolás Maduro denunció que Washington estaría preparando “una provocación militar” y ordenó reforzar la vigilancia marítima. Analistas internacionales coinciden en que esta reactivación busca ejercer presión sobre el régimen venezolano y reconfigurar el equilibrio de poder en el Caribe.
Mientras tanto, las fuerzas estadounidenses intensificaron sus operaciones en la zona: solo desde septiembre se realizaron al menos 14 intervenciones navales contra embarcaciones vinculadas al narcotráfico, en lo que se considera el mayor despliegue en el Caribe desde la intervención en Haití de 1994.
La reapertura de Roosevelt Roads marca así un nuevo capítulo en la estrategia de defensa de Washington, consolidando su influencia en una región que vuelve a ocupar un rol protagónico en la política internacional.