
El complejo textil argentino atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. La combinación de una fuerte caída en la producción, el derrumbe del empleo y el retroceso sostenido de las ventas configuran un escenario crítico que golpea de lleno a una de las actividades industriales con mayor capacidad de generación de trabajo. Lejos de aparecer políticas de contención o reconversión, el sector enfrenta además un contexto adverso desde el plano discursivo y económico, que profundiza la pérdida de capacidades productivas acumuladas durante décadas.
Los datos oficiales y los informes sectoriales coinciden en el diagnóstico: la industria textil es actualmente la más afectada dentro del Índice de Producción Industrial. En términos concretos, la producción de productos textiles registró una caída superior al 30 por ciento en comparación con diciembre de 2024 y un desplome cercano al 48 por ciento respecto de noviembre de 2023. En la práctica, esto significa que las fábricas hoy trabajan prácticamente a la mitad de su nivel de actividad de hace dos años, con plantas que podrían detener su funcionamiento a mitad de semana para producir lo mismo que antes se elaboraba en jornadas completas.
La situación no mejora al observar el segmento de prendas de vestir y calzado. Allí, las cifras muestran retrocesos de casi el 20 por ciento interanual, reflejando un deterioro generalizado en toda la cadena textil. Salarios bajos, creciente precarización laboral y una marcada apertura a productos importados de bajo costo reducen el consumo interno y colocan a la producción local en una posición de extrema fragilidad frente a la competencia externa.
Uno de los indicadores más alarmantes es la utilización de la capacidad instalada. En noviembre, apenas el 29 por ciento de las máquinas del sector textil se encontraban en funcionamiento, el nivel más bajo de toda la serie histórica, con excepción del período más duro de la pandemia. En otras palabras, solo tres de cada diez equipos están activos, en un contexto marcado por ventas deprimidas, altos costos en dólares, elevados impuestos y dificultades para acceder al financiamiento.
Mientras la producción se contrae, las importaciones alcanzan niveles récord. Durante 2025, las compras externas de indumentaria y calzado crecieron de manera exponencial, impulsadas por un tipo de cambio apreciado, la desregulación comercial y la caída del poder adquisitivo. A esto se suma el avance de plataformas internacionales de venta online, que ingresan mercadería a valores mínimos históricos y sin afrontar los costos que sí recaen sobre la industria local.
El impacto se refleja también en los precios y el empleo. La indumentaria y el calzado se abarataron de manera relativa frente al resto de la economía, mientras otros gastos esenciales continúan absorbiendo una mayor porción de los ingresos familiares. En paralelo, el sector perdió más de 18 mil puestos de trabajo registrados en menos de un año y cerraron cientos de establecimientos productivos, profundizando una crisis que ya supera a la de otras ramas industriales.
El panorama que enfrenta la industria textil es el de una actividad en emergencia, con un entramado productivo debilitado y un futuro inmediato cargado de incertidumbre. La caída del consumo, el avance de las importaciones y la ausencia de políticas específicas configuran un escenario que, de no revertirse, podría dejar consecuencias difíciles de reparar en el mediano plazo.