Pobreza en la Argentina: descenso estadístico, desafíos sociales persistentes y una realidad que sigue golpeando a los sectores más vulnerables

La pobreza en la Argentina alcanzó al 36,3% de la población al cierre del tercer trimestre de 2025, mientras que la indigencia afectó al 6,8%. Estos números reflejan una baja significativa en comparación con el mismo período del año anterior, con una disminución de más de nueve puntos porcentuales. Sin embargo, detrás de esta mejora aparecen matices que invitan a una lectura más profunda sobre la situación social del país.

De acuerdo al análisis técnico, una parte importante de esta reducción se explica por mejoras en la captación de ingresos dentro de las estadísticas oficiales. Al realizar una corrección metodológica sobre esos datos, la caída real de la pobreza se reduciría a poco más de dos puntos porcentuales, ubicando el índice corregido cerca del 35% en 2025. En otras palabras, una parte considerable de la mejora registrada respondería a un efecto estadístico más que a un cambio estructural de fondo.

La medición de la pobreza se basa en la capacidad de los hogares para cubrir el costo de la Canasta Básica Total, que incluye alimentos, servicios y otros gastos esenciales. En el caso de la indigencia, se evalúa si los ingresos alcanzan al menos para cubrir la Canasta Básica Alimentaria, es decir, lo mínimo indispensable para la subsistencia.

Más allá de las variaciones recientes, el informe recuerda que la pobreza es un problema estructural de larga data en la Argentina. En los últimos 20 años, el país no logró perforar de manera sostenida un piso cercano al 25% de pobreza por ingresos, mientras que la indigencia se mantuvo históricamente en torno al 5%. Durante más de cuatro décadas, amplios sectores sociales quedaron atrapados en condiciones de exclusión, con empleos informales, precarios o de subsistencia, y una fuerte dependencia de las transferencias estatales.

Uno de los datos más preocupantes aparece al observar el impacto sobre los hogares con niños. En 2025, casi el 49% de las personas que viven en hogares con menores se encuentra en situación de pobreza, mientras que en los hogares sin niños este índice baja al 10,8%. Esta desigualdad evidencia cómo la infancia continúa siendo uno de los sectores más golpeados por la crisis social.

En términos de cronicidad, más de una cuarta parte de la población permanece pobre de manera persistente entre 2024 y 2025. En los sectores más vulnerables, esa permanencia supera el 60%, lo que muestra la dificultad de romper con los ciclos de pobreza.

Otros indicadores sociales también reflejan un escenario complejo. El estrés económico, que mide la percepción de que los ingresos no alcanzan para cubrir los gastos básicos, afecta al 46,8% de la población. En los sectores de menores recursos, casi siete de cada diez hogares sufren esta presión constante. A esto se suma la inseguridad alimentaria, que alcanza al 18,7% de los hogares, con situaciones de hambre severa en casi el 8%.

Las transferencias sociales siguen jugando un rol clave: sin estos programas, la indigencia sería casi el doble y la pobreza superaría el 41%. Aunque resultan imprescindibles, siguen siendo insuficientes para resolver los problemas estructurales.

Así, mientras los números muestran una aparente mejora, la realidad cotidiana de millones de argentinos sigue marcada por la fragilidad económica, la desigualdad y la dificultad de acceder a condiciones de vida dignas. El desafío, una vez más, no pasa solo por mejorar las estadísticas, sino por transformar de manera real la vida de quienes aún quedan al margen.

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