
La morosidad y el sobreendeudamiento dejaron de ser un problema limitado al ámbito financiero para transformarse en una realidad social que afecta a miles de familias. En los últimos años, el acceso al crédito se amplió considerablemente gracias a las billeteras virtuales y a distintos proveedores no bancarios, permitiendo que sectores históricamente excluidos del sistema financiero pudieran obtener préstamos. Sin embargo, esa mayor disponibilidad de financiamiento también abrió la puerta a nuevos riesgos para quienes cuentan con ingresos inestables o insuficientes.
Dentro de este escenario, las mujeres aparecen entre los sectores más afectados. Especialmente aquellas que son jefas de hogar y tienen responsabilidades de cuidado, enfrentan mayores dificultades para sostener sus economías familiares y presentan niveles más altos de endeudamiento. La necesidad de cubrir gastos esenciales, como alimentos, medicamentos, servicios o compromisos previos, las obliga en muchos casos a recurrir al crédito como una herramienta de supervivencia.
Aunque la problemática comenzó a profundizarse hace varios años, durante 2025 la situación alcanzó niveles especialmente preocupantes. La pérdida del poder adquisitivo de los ingresos y el aumento del costo de vida generaron un contexto en el que muchas familias se vieron obligadas a endeudarse para mantener consumos básicos. Lo que en un principio parecía una solución temporal terminó convirtiéndose en una carga difícil de sostener.
Diversos estudios realizados en los últimos años ya advertían sobre esta tendencia. Las investigaciones mostraban que una gran cantidad de hogares encabezados por mujeres recurrían a préstamos para afrontar gastos cotidianos. A esta situación se suma una desigualdad estructural que persiste en el mercado laboral, donde muchas mujeres perciben ingresos menores y además cargan con una importante cantidad de trabajo doméstico y de cuidado no remunerado.
Otro aspecto preocupante es que gran parte de las deudas no provienen únicamente de entidades financieras. Muchas personas recurren a familiares, amistades o redes informales para conseguir dinero. Esta situación agrega una dimensión emocional al problema, ya que las obligaciones económicas también comprometen vínculos afectivos y relaciones comunitarias.
En numerosos barrios populares, organizaciones sociales observan que el impacto del endeudamiento va mucho más allá de lo económico. El estrés permanente, la incertidumbre sobre cómo afrontar los pagos y la imposibilidad de proyectar un futuro generan consecuencias en la salud mental y en la calidad de vida de las personas afectadas.
Frente a esta realidad, comenzaron a multiplicarse espacios de reflexión y acompañamiento destinados a brindar herramientas para enfrentar el problema. Recientemente se desarrollaron encuentros orientados a visibilizar la relación entre deuda, género y cuidados, además de promover estrategias para la organización financiera y analizar posibles respuestas legislativas.
Especialistas y referentes sociales coinciden en que el fenómeno alcanzó un punto crítico. Señalan que muchas personas mantienen la voluntad de cumplir con sus obligaciones, pero la acumulación de compromisos y la caída de los ingresos hacen que cada vez resulte más difícil ponerse al día. Para numerosos hogares, el margen para seguir endeudándose prácticamente se agotó, reflejando una problemática que ya no puede entenderse como una situación individual, sino como uno de los desafíos sociales más importantes de la actualidad.