
El violento episodio ocurrido en la madrugada del 3 de enero, que derivó en el secuestro del presidente Nicolás Maduro Moros, quedará marcado como un momento decisivo en la historia reciente. Para muchos analistas, ese hecho simboliza el colapso definitivo del llamado “orden mundial basado en reglas”, una arquitectura internacional que se fue erosionando de manera lenta pero constante, incapaz de adaptarse a un escenario global cada vez más complejo, interdependiente y atravesado por múltiples actores.
La incapacidad del sistema internacional para frenar tragedias humanitarias de enorme magnitud es una de las señales más evidentes de esa decadencia. A ello se suma la violación de principios básicos del derecho diplomático, como ocurrió con el arresto del ex vicepresidente ecuatoriano Jorge Glas dentro de una embajada, o el silencio cómplice de buena parte de los liderazgos occidentales frente a hechos que vulneran de forma abierta la soberanía de los Estados. Estos episodios revelan un orden que ya no logra garantizar normas claras ni equilibrios mínimos.
Para comprender la dimensión de este cambio, resulta útil mirar hacia atrás, a los tiempos de la Guerra Fría. En aquel entonces, el sistema internacional se organizaba en torno a dos polos bien definidos. Estados Unidos y la Unión Soviética concentraban el poder y estructuraban sus relaciones casi exclusivamente en términos militares. No existía una verdadera interdependencia económica entre ambos bloques, y los actores relevantes eran, casi sin excepción, los Estados nacionales.
Ese mundo ya no existe. En la actualidad, las principales potencias mantienen vínculos comerciales profundos, incluso cuando compiten estratégicamente. El intercambio entre Estados Unidos y China, por ejemplo, alcanza cifras impensadas décadas atrás, lo que demuestra un nivel de articulación económica sin precedentes. Pero el cambio no es solo cuantitativo, sino también cualitativo: junto a los gobiernos han emergido actores no estatales con una influencia enorme. Corporaciones tecnológicas cuyo valor supera el producto bruto de muchos países, organizaciones no gubernamentales con impacto global, organismos multilaterales, bloques regionales y hasta redes criminales transnacionales forman parte del nuevo tablero.
Este entramado complejo exige reglas nuevas, basadas en la cooperación y en la búsqueda de beneficios compartidos, donde la seguridad y el desarrollo no sean privilegio de unos pocos. Sin embargo, las principales propuestas que surgen desde Washington y algunas capitales europeas parecen ir en sentido contrario: refuerzan la lógica militar, reeditan viejas doctrinas de dominación y apuestan a la confrontación directa como respuesta a un mundo que ya no se deja ordenar desde un único centro de poder.
En ese contexto, las declaraciones de Donald Trump sobre una supuesta “transición” en Venezuela reflejan más una reacción desesperada que una estrategia viable. Pretender aislar a países de sus principales socios comerciales o expulsar de una región a potencias con las que existe una profunda interdependencia económica resulta, a todas luces, irreal. América Latina mantiene lazos comerciales clave con China y otros actores extrahemisféricos, vínculos que no pueden romperse sin consecuencias graves.
Además, el equilibrio global actual otorga a China herramientas económicas y tecnológicas capaces de generar impactos severos en cualquier intento de bloqueo. Recursos estratégicos, cadenas de valor compartidas y mercados interconectados hacen inviable una política basada en la imposición unilateral.
En definitiva, el escenario internacional atraviesa una transición profunda. Insistir en recetas del pasado, apoyadas en la fuerza y el unilateralismo, no solo resulta ineficaz, sino que acelera el desgaste de quienes se aferran a ellas. La historia demuestra que los imperios no detienen su declive a través de la coerción, y que los cambios estructurales del mundo no se revierten con discursos grandilocuentes ni gestos de omnipotencia. El desafío, hoy, es construir un nuevo marco de convivencia global acorde a una realidad que ya no admite fantasías de poder absoluto.