
La provincia de La Rioja despide a Arturo Pinto, ex sacerdote, compañero pastoral de monseñor Enrique Angelelli y una de las últimas personas que pudo aportar un testimonio directo sobre el contexto que rodeó el asesinato del obispo riojano durante la última dictadura militar. Pinto falleció a los 86 años en la ciudad de Buenos Aires, donde residía desde hacía aproximadamente una década debido a problemas de salud.
Nacido en la localidad de Santa Clara, en el departamento General Lamadrid, dentro de una familia integrada por diez hermanos, Arturo Pinto dedicó buena parte de su juventud al sacerdocio. Durante esos años desarrolló una intensa labor pastoral junto a Enrique Angelelli, acompañándolo en el trabajo con comunidades rurales y sectores vulnerables de la provincia. Ambos compartieron una visión de Iglesia profundamente comprometida con la realidad social, basada en la cercanía con los trabajadores, los campesinos y las familias de menores recursos.
La muerte de Pinto generó numerosas muestras de reconocimiento entre familiares, amigos y personas que conocieron su trayectoria. Sus seres queridos destacaron no solo su compromiso religioso y social, sino también los valores que guiaron toda su vida. Una de sus sobrinas expresó que fue un ejemplo para la familia y manifestó el deseo de que las nuevas generaciones conozcan su historia y recuerden el aporte que realizó tanto dentro como fuera de la Iglesia.
La vida de Arturo Pinto cambió profundamente tras el asesinato de Enrique Angelelli en 1976. Luego de aquellos acontecimientos dejó La Rioja y se trasladó a la provincia de Formosa. Allí conoció a Ana María Cravero, una religiosa misionera con quien inició una relación que transformó el rumbo de ambos. Los dos decidieron abandonar la vida religiosa para construir un proyecto familiar basado en los mismos principios de solidaridad, compromiso social y servicio a la comunidad que habían inspirado sus vocaciones.
Fruto de esa unión nacieron sus tres hijas, María Belén, María Paula y Florencia. Durante décadas, la pareja desarrolló una vida familiar marcada por el compromiso con los derechos humanos y la defensa de los valores que siempre habían sostenido. Quienes los conocieron recuerdan que nunca abandonaron la vocación de servicio, aunque eligieron recorrer un camino diferente al que habían iniciado dentro de la Iglesia.
Con el paso del tiempo, Arturo Pinto volvió a tener un papel relevante en uno de los procesos judiciales más importantes vinculados con la historia reciente del país. Regresó a La Rioja para declarar en el juicio por el asesinato de Enrique Angelelli, aportando un testimonio considerado fundamental para reconstruir los hechos ocurridos durante la dictadura y contribuir al esclarecimiento de las responsabilidades penales en ese crimen.
Sus declaraciones ayudaron a consolidar parte de la investigación que permitió avanzar en el juzgamiento de los responsables, convirtiéndose en una voz clave para preservar la memoria histórica de aquellos acontecimientos.
En los últimos años residía en Buenos Aires junto a su familia. Su etapa final estuvo atravesada por un profundo dolor personal, ya que pocas semanas antes había fallecido Ana María Cravero, su compañera de vida durante varias décadas. Esa pérdida significó un duro golpe para su entorno, que ahora enfrenta una nueva despedida.
Con la muerte de Arturo Pinto desaparece uno de los últimos protagonistas directos de una etapa decisiva de la historia riojana y argentina. Su recorrido personal refleja una vida atravesada por el compromiso social, la fe, la defensa de los derechos humanos y la búsqueda permanente de memoria y justicia. Quienes compartieron distintos momentos de su camino coinciden en destacar que dejó una huella profunda, tanto por su labor junto a Enrique Angelelli como por la coherencia con la que sostuvo sus convicciones a lo largo de toda su vida.