
El tradicional kiosco de barrio, ese comercio pequeño que durante décadas formó parte del paisaje cotidiano argentino, atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia. En el último año, más de 20 mil locales bajaron sus persianas en todo el país y el panorama continúa agravándose. Desde el sector estiman que, en promedio, cierran alrededor de 50 kioscos por día, en un contexto marcado por la caída del consumo, el aumento sostenido de precios y el avance de grandes cadenas comerciales.
La advertencia fue formulada por Ernesto Acuña, vicepresidente de la Unión de Kiosqueros de la República Argentina, quien describió un escenario alarmante. Según detalló, actualmente quedan cerca de 59.850 kioscos activos en la Argentina, una cifra que refleja una reducción significativa respecto de años anteriores. “Estamos en una cornisa”, grafican desde el sector: si trasladan los aumentos a los precios finales, las ventas se desploman; si los absorben, la rentabilidad desaparece y el negocio se vuelve inviable.
El fenómeno no es nuevo, pero se intensificó con fuerza en el último tiempo. Desde la asunción del presidente Javier Milei, aseguran que cerró aproximadamente un tercio de los kioscos del país. A la recesión y la pérdida de poder adquisitivo se suma, además, la creciente concentración del mercado en manos de cadenas y franquicias que avanzan incluso en zonas barriales, históricamente dominadas por comerciantes independientes.
Uno de los puntos más sensibles es la diferencia entre los índices oficiales y la percepción del sector. Mientras el Instituto Nacional de Estadística y Censos informa determinados porcentajes de inflación, los kiosqueros sostienen que los aumentos reales que enfrentan —sobre todo en productos clave como cigarrillos y golosinas— rondan entre el 8 y el 10 por ciento mensual, con subas puntuales que superan ampliamente esas cifras. Esa dinámica genera un “cóctel explosivo”: suben los costos, pero el consumidor compra menos.
La situación se siente con mayor crudeza en la Ciudad de Buenos Aires, donde el avance de las cadenas en los barrios impacta directamente sobre los pequeños comerciantes. Según estimaciones del sector, por cada kiosco perteneciente a una cadena que abre sus puertas, entre tres y cuatro negocios tradicionales cercanos terminan cerrando. A diferencia de décadas anteriores, cuando las grandes marcas se concentraban en avenidas principales y zonas de alto tránsito, hoy también desembarcan en áreas residenciales, compitiendo directamente con el kiosquero histórico.
Así, un rubro que supo ofrecer estabilidad y márgenes razonables enfrenta ahora un escenario incierto. Entre alquileres en alza, ventas en baja y competencia desigual, miles de familias ven peligrar su principal fuente de ingresos. El kiosco, símbolo de cercanía y vida barrial, lucha por no convertirse en una postal del pasado.