En distintos puntos del conurbano bonaerense, las ferias callejeras vuelven a convertirse en un termómetro social. Allí donde la economía formal no alcanza, miles de personas encuentran una alternativa para generar ingresos o estirar el presupuesto familiar. Uno de los ejemplos más visibles se observa cada fin de semana en la feria conocida como “Sarratea”, ubicada en la intersección de la avenida Sarratea y las vías del Belgrano Norte Line, en la zona cercana a José León Suárez.
Desde los primeros años de la crisis de 2001, ese paso bajo nivel se convirtió en el punto de partida de un extenso paseo de compras popular donde se vende prácticamente de todo. En los puestos se pueden encontrar desde ropa y calzado deportivo hasta útiles escolares, alimentos al paso, herramientas, telas y artículos de electrónica o telefonía. Sin embargo, en los últimos meses el fenómeno volvió a mostrar un crecimiento notable.
Lo que durante años ocupó apenas dos o tres cuadras sobre la calle Lebensohn, hoy supera las diez. La feria se expande por calles perpendiculares y llega incluso hasta sectores cercanos al basural, la villa y los terrenos del Buen Ayre, en las inmediaciones de Villa Hidalgo. La postal de cada sábado y domingo refleja una realidad que mezcla necesidad, creatividad y supervivencia económica.
En las primeras cuadras se percibe cierta organización. Los puestos tienen una apariencia más uniforme y algunos funcionan desde carros metálicos. Allí también se observa presencia del municipio, que intenta ordenar la actividad y el tránsito. Del otro lado de la avenida, ya dentro del distrito de Boulogne Sur Mer, agentes de la patrulla municipal controlan el movimiento de vehículos que llegan desde distintos barrios para recorrer el improvisado paseo de compras.
La diversidad también se refleja en los visitantes. Entre camionetas antiguas cargadas de mercadería aparecen autos modernos, camionetas SUV e incluso vehículos de alta gama. Muchos compradores pertenecen a sectores de clase media que se acercan para buscar precios más accesibles o simplemente por curiosidad.
Los puestos mejor ubicados suelen pertenecer a feriantes con mayor antigüedad. Dentro de este universo existe un código no escrito que valora la trayectoria. Son esos mismos vendedores quienes conformaron una organización interna que mantiene contacto con el municipio y coordina la seguridad del lugar. Algunos jóvenes recorren el predio con remeras que indican “cuidamos la feria”, una forma de mantener cierto orden en un espacio que crece semana a semana.
Pero hacia el fondo de la feria el panorama cambia. Allí los puestos no tienen una especialización definida. En una misma mesa pueden convivir zapatos usados, paquetes de arroz, adornos de cerámica o ropa de segunda mano. Muchos vendedores ofrecen objetos que tenían en sus propias casas o artículos que consiguen a través de donaciones.
El crecimiento de la feria está directamente vinculado al aumento del desempleo y a la dificultad de sostener pequeños emprendimientos. Incluso recientes cambios en las categorías del monotributo, impulsados por organismos como Agencia de Recaudación y Control Aduanero, generaron preocupación entre quienes subsisten con ingresos muy bajos.
En este contexto, las ferias vuelven a funcionar como una válvula de escape social. Para algunos es un lugar donde comprar más barato; para otros, la última posibilidad de generar algún ingreso. Y mientras la crisis económica continúa golpeando distintos sectores, estos mercados populares siguen expandiéndose, reflejando de manera directa las transformaciones de la vida cotidiana en la Argentina.